Sobre la supuesta infalibilidad de los castigos

Beatriz Coronas es psicóloga, maestra, especialista A. L., instructora de porteo por la escuela “Llévame cerca” y socia de Ojana

En su blog “A las madrigueras” podemos encontrar este interesante artículo sobre los castigos que hoy queremos compartir

Hace unos días, en el suplemento semanal de un grupo editorial, apareció un interesante artículo acerca de los estudios de Eduardo Punset sobre el poder del cerebro. En aquel momento, celebré que Punset estuviese al alcance del gran público gracias a esta revista de gran tirada, pero no contaba con las tergiversaciones y las dificultades que tenemos para mirar desde distintas perspectivas. En menos de veinticuatro horas estaba escuchando conversaciones que venían a decir que “hasta Punset dice que a los adolescentes hay que castigarlos”. El cómo algunas personas han llegado a esta conclusión hay que analizarlo desde este apunte del reportaje:

PREMIAR ES MEJOR QUE CASTIGAR

Los niños reaccionan mejor ante las recompensas (…). Distinto es cuando se trata de adolescentes. Con ellos es más eficaz el castigo ¿por qué? No lo sabemos todavía, pero quizá tenga que ver con que requiere mayor inteligencia cambiar de proceder cuando te equivocas que repetir aciertos cuando te premian con ellos.

Sin ánimo ninguno de enmendarle la plana a Punset (cosa que no le hace ninguna falta), creo que esta afirmación ha sido cogida por los pelos, y muy posiblemente, sacada de contexto. No creo que del autor comparta la opinión que algunos se han formado al leer este párrafo. Y sin embargo ¿por qué hay tantas personas deseando creer que los castigos funcionan? ¿lo hacen?

Personalmente, no considero el castigo una opción educativa. No creo que haya castigos justos, ni proporcionados, ni educativos, ni ninguno de los eufemismos que se han puesto de moda de un tiempo a esta parte. Una cosa es reparar las consecuencias de un mal acto y otra muy distinta, intentar reducir su frecuencia mediante el abuso de poder o el miedo. Sin embargo, muchos padres y educadores piensan que hay casos en los que no queda otro remedio, que los castigos funcionan y que, a veces (en el mejor de los casos) hay que aplicarlos. ¿Si? ¿Funcionan? Si realmente funcionaran, casi todos los niños habrían sido castigados alguna vez y sólo unos pocos repetirían, pero la realidad es que frecuentemente (en un aula , por ejemplo) unos pocos niños acumulan la mayoría de los castigos que se aplican. Y para ver por qué pasa esto, no voy a partir de las teorías del apego que tanto comparto, sino de la propia modificación de conducta.

El castigo intenta reducir o evitar la emisión de conductas negativas por parte de un sujeto (negativas para un observador externo, para quien las comete, generalmente son de lo más interesante). Tradicionalmente se acepta la existencia de dos grandes grupos: la presentación de estímulos aversivos (p. e. un azote) o el control de reforzadores (p. e. evitar que a un niño sus compañeros le rían las gracias). También se acepta que éstas últimas son preferibles porque generan respuestas emocionales menos potentes (sería preferible retirarle los mimos a un niño que dejarle, por ejemplo, sin postre) si bien no suelen ser tan rápidas. En terapia se busca un equilibrio entre un procedimiento lo menos aversivo posible y de fácil aplicación. Según la mayoría de autores, se deberían usar la extinción, los enfoques positivos de reforzamiento diferencial, el costo de respuesta, el tiempo fuera, la saciación y la sobrecorrección antes de usar procedimientos aversivos puros. Los buenos profesionales también saben de la importancia de procurar, simultáneamente, conductas alternativas adecuadas. La realidad de nuestros hogares, de nuestras escuelas, es que esto no es así.

Analicemos un caso concreto, frecuente y habitual: muchos niños (posiblemente demasiados) en una escuela infantil (seguramente con menos espacio del que los peques necesitan), haciendo actividades quizá muy alejadas de sus intereses (pero necesarias para su desarrollo cognitivo). Una niña se remueve, otro se enfada y acaban peleando. Lo habitual es que tras un “esta niña siempre igual” por lo bajo, el maestro o educador siente a la niña (o niño, lo uso indistintamente) en la silla de pensar; esto es un tiempo fuera. Y se supone que en ese rato, el niño ha de reflexionar sobre su inadecuada conducta. (Yo, mala pensante, supongo que en lo que piensa es en cómo hacer la siguiente, que quizá sea más divertido que la actividad que le han programado). Otra posibilidad puede ser castigarle sin plastilina, o sin postre; sin algo que realmente agrade al pequeño, para que aprenda. Es decir, se han saltado al menos dos procedimientos que deberían probarse antes y tampoco se produce de la mejor manera posible (no se ofrecen conductas alternativas, con lo cual éstas no se pueden reforzar, el tiempo fuera se aplica para distintas conductas, lo que confunde al niño, los tiempos suelen ser largos, etc.) Es decir, las técnicas de modificación de conducta (que pueden ser válidas en contextos muy determinados) no se saben utilizar, lo que lleva a dos dificultades importantes: por un lado, no consiguen su función, pero además de eso, existe el problema añadido de que los humanos, tozudos como somos, seguimos intentándolo de la misma mala manera y generalmente vamos subiendo la intensidad de nuestro enfado y del castigo que aplicamos. Y es que, como dice Eduardo Punset en el artículo, “requiere mayor inteligencia cambiar de proceder cuando te equivocas que repetir aciertos cuando te premian con ellos.” Y mucha humildad reconocer que lo estamos haciendo mal, añado yo…

Beatriz Coronas
Extraído de: http://alasmadrigueras.blogspot.com/

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