Las mamíferas maltratadas

El libro ‘La revolución de nacimiento’, que defiende el parto natural y denuncia la excesiva medicalización de este proceso en nuestro país.

Cuando una leona se pone de parto, busca un lugar seguro, íntimo y aislado. Si aparece algún ‘curioso’ o surge un peligro, la leona, instintivamente, interrumpe el parto y se traslada a otro lugar. Necesita tranquilidad para traer a sus cachorros al mundo.
Las españolas también somos mamíferas, pero, cuando una parturienta llega a un hospital -hay excepciones: no todos son iguales- le abren una vía en el brazo, le ponen un enema y le rasuran el vello público. La dilatación transcurre en una sala fría, fuertemente iluminada y donde a cada rato alguien le mete los dedos en la vagina. A la mujer le prohibirán comer y beber.
Si su parto no progresa adecuadamente -según los criterios de los profesionales sanitarios de turno- le pondrán un gotero con oxitocina, que hace las contracciones del útero mucho más dolorosas para la mamá y más violentas para el bebé. Por eso, hay más posibilidades de que la mujer pida la epidural, una anestesia que calma el dolor pero interfiere en el parto. Con su mamá tumbada boca arriba, el bebé no puede aprovechar la fuerza de gravedad para salir, por lo que es casi seguro que a la mujer le cortarán el periné y quizás el médico se valga de fórceps o ventosas para sacar al niño. La oxitocina y la antinatural posición de la mujer hacen más probable que los monitores detecten malestar fetal, por lo que quizá haya que practicar una cesárea. Pinzar el cordón umbilical antes de que deje de latir hará que el bebé se quede repentinamente sin oxígeno y su primera respiración sea casi de terror. Es probable que enseguida sea separado de su madre para limpiarlo y realizarle pruebas. Si ha nacido por cesárea, la separación puede prolongarse horas o días, biberones mediante, y será más difícil establecer la lactancia materna y más probable la depresión posparto…

Así se podría resumir ‘La revolución del nacimiento’. Partos respetados. Nacimientos más seguros’, su autora Isabel Fernández del Castillo, diplomada en Medicina Tradicional China tras estudiar Derecho, reúne opiniones de expertos, aporta cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y diferentes sistemas sanitarios, y recoge testimonios de mujeres, ginecólogos y matronas para denunciar la «medicalización» del parto en España.

Proceso involuntario
«El parto es un proceso involuntario, dirigido por el cerebro mamífero primitivo. No se puede ‘ayudar’ a que se produzca un proceso involuntario, igual que no se puede ‘ayudar’ a otra persona a dormirse; tan sólo pueden crearse las condiciones idóneas para que se produzca espontáneamente -señala el libro-. El parto es dirigido por la hormona oxitocina, cuya secreción queda bloqueada por la adrenalina, hormona del estrés. Y las condiciones en que transcurre el parto en los modernos hospitales incrementan notablemente la secreción de adrenalina». Por eso, no es raro que las contracciones de parto se detengan al llegar al hospital.

«Una vez inhibido el parto -continúa-, se hacen ‘científicamente’ justificables todo tipo de prácticas para sustituir la función de una naturaleza que en esas condiciones, obviamente, no funciona… La creencia de la obstetricia en la dificultad de nacer se confirma mediante el entorpecimiento del parto que su intervención provoca». O como resume una madre en el libro: «A mi hijo le salvó la vida el mismo ginecólogo que la puso en peligro».
Para la experta, la embarazada, que casi siempre es una mujer sana, es tratada como una «paciente», enferma, inválida e incapaz de tomar decisiones y parir a su bebé. Es decir, maltratada.

Muchas cesáreas
En España, asegura, se incumplen sistemáticamente las recomendaciones de la OMS, que desaconseja la mayoría de las prácticas que forman parte del protocolo del parto -postura tumbada, episiotomía rutinaria, inducción con oxitocina…-, ya que no se ha demostrado que mejoren la seguridad del bebé ni de la madre. La OMS también denuncia el excesivo número de cesáreas que se realizan en España, cerca del 30% en hospitales públicos y del 40% en los privados.

En Holanda, casi un tercio de las mujeres dan a luz en casa con la ayuda de una matrona pagada por la Seguridad Social. Si el proceso se complica -en torno a un 10% de los casos-, la mujer es trasladada al hospital. «El parto es un proceso lento y casi siempre que hay una complicación se anuncia con tiempo», argumenta.

Incluso si deciden dar a luz en el hospital, en Holanda las mujeres disponen de una habitación agradable, pueden estar acompañadas y tienen libertad para moverse mientras dilatan y elegir la postura más cómoda en el expulsivo, generalmente de pie o sentadas en el taburete obstétrico. Y las cifras de mortalidad perinatal en este país están entre las mejores del mundo. La situación es similar en los países nórdicos y en Inglaterra.

Seguridad y respeto
La autora asegura que «es perfectamente compatible la máxima seguridad con una atención respetuosa hacia la mamá, el bebé y el vínculo entre ambos. Se puede hacer una cesárea que sea necesaria, llevarte al bebé a observación y dárselo a la madre al día siguiente, como se hace en muchos hospitales españoles, o dárselo inmediatamente a la madre en el propio quirófano, como se hace en otros países. Es una cuestión de conciencia de los profesionales. Sólo hay que querer hacerlo y cambiar unas costumbres por otras». En general, agrega, las matronas están más abiertas que los ginecólogos a estas ideas, por lo que son esas profesionales las que deberían «recuperar su terreno».

«En España seguimos convencidos de que la tecnología es buena por sí misma y cuanto más sofisticada, mejor. Eso puede estar muy bien con un coche, pero con un ser vivo es diferente. A una parturienta, si no le haces nada, lo normal es que para ella sola. En España se piensa que lo natural es retrógrado. En otros países no hay ese prejuicio. En Holanda es normal que una médica dé a luz en casa».

La medicalización del nacimiento. Partos tecnointervenidos
La medicina, y la obstetricia en particular, comparten con el resto de las ciencias su propósito de control sobre la naturaleza y sus procesos. Las prácticas de rutina en el paritorio (sala de partos), en sí mismas neutras si se aplican cuando son oportunas, adquieren una cualidad negativa/violenta cuando se imponen de forma sistemática para someter a la totalidad de las mujeres a una concepción del parto puramente mecanicista y medicalizada.

Es una realidad que la actual atención al parto no busca tanto facilitar el proceso natural sino sustituirlo, esterilizando de paso la dimensión emocional y espiritual del nacimiento, que no tiene ocasión de producirse. Una vivencia que constituye la base de nuestra capacidad de experimentar esos ámbitos de la vida, el troquel de todos los vínculos posteriores, incluido nuestro vínculo con Gaia.

Varias circunstancias mantienen desde hace décadas este estado de cosas:
Un uso inapropiado y abusivo de la técnica, puesto que las prácticas rutinarias no tienen justificación cuando se hacen por sistema a quien no lo precisa…
Posibilitado por el ejercicio de la autoridad que ilegítimamente ejercen las estructuras médicas, y que les permite tomar todo tipo de decisiones ignorando la opinión, los deseos y necesidades de las familias, el sentido común, e incluso las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que se basan en evidencias científicas.

Decisiones que a menudo producen beneficios económicos…
Y el mantenimiento del estado de cosas en base a una información circulante basada en una concepción del parto entorpecido y manipulado.

El parto hospitalario
La obstetricia, tal y como se concibe hoy, es uno de los ámbitos donde con menos pudor lo absurdo ha quedado elevado a la categoría de científico. La concepción que del parto tiene la obstetricia convencional se refiere al parto por ella interferido.

Como consecuencia, toda su práctica se basa en una errónea concepción del parto. Por ese motivo, la OMS afirma sin ambages: “Medicalizando el nacimiento… el estado de la mente y el cuerpo de la mujer se alteran tanto que la forma de realizar este acto íntimo también debe quedar alterada, al igual que el estado del recién nacido. El resultado es que ya no es posible saber cómo hubieran sido los nacimientos antes de estas manipulaciones… Por lo tanto, los proveedores de los servicios de natalidad no tienen un verdadero criterio para calibrar su asistencia”.

Michel Odent dice que de las muchas preguntas que se hacen los estudiantes de obstetricia hay una que continúa ausente de los planes de estudios. Esa pregunta es: ¿Cuáles son las condiciones idóneas para un parto fluido?
Esta pregunta, aparentemente inocente, encierra en sí misma un concepto desconocido en obstetricia, y es que el parto es un proceso fisiológico natural, dirigido en su totalidad por el cerebro mamífero primitivo, con sistemas de autorregulación propios no controlables, y que culmina en el reflejo de expulsión del feto, un acontecimiento que no ocurre en los hospitales, donde el bebé prácticamente se extrae.

No es posible atender dignamente a una mujer parturienta sin comprender la verdadera naturaleza del parto: es un acontecimiento involuntario, tanto como el orgasmo, la risa, el sueño o la defecación, sólo que más complejo. Todos sabemos lo que ocurre cuando uno trata de controlar o dirigir mentalmente estos procesos: simplemente, no ocurren. La sola pretensión de controlar un proceso involuntario lo inhibe: esto es lo que ocurre con el parto hospitalario.

Una vez inhibido, se hacen “científicamente” justificables todo tipo de procedimientos para sustituir la función de una naturaleza que en estas condiciones, obviamente, no funciona: estimulación con oxitocina, episiotomía (incisión en el perineo y en la pared vaginal para facilitar el parto), anestesia, fórceps, cesáreas… Se sustituye un proceso natural sofisticado y sabio por un conjunto de técnicas encaminadas a “salvar” a la madre y al bebé del lance en que la atención recibida la ha colocado (3). Y también para someter un proceso con un ritmo propio al ritmo acelerado que conviene a unos profesionales en general poco conscientes de lo sagrado de su trabajo.

Somos mamíferos
Puede resultar paradójico que la única forma de humanizar el parto sea recapitulando la realidad insoslayable de que somos una especie mamífera. El hecho de ser la especie más inteligente sólo pone de manifiesto la importancia de este hecho. El parto es dirigido por nuestro cerebro mamífero primitivo, que es también el que rige nuestras emociones. El parto, por tanto, es ante todo un acontecimiento emocional e instintivo, y no tenerlo en cuenta hace que la recibida sea inhibitoria y contraproducente.

En todas las especies mamíferas la parturienta necesita una atmósfera de intimidad y recogimiento, de seguridad física y emocional, que le permita entrar en el estado de conciencia especial propio del parto. La atmósfera hospitalaria es cualquier cosa menos propicia, porque a la mujer se le impone –a veces de muy malos modos- desde la postura y la forma de respirar hasta el ritmo en que debe de dilatar. Allí donde hay autoridad, no hay intimidad.

En ese momento confluyen dos circunstancias que, unidas, forman un cóctel explosivo: es un momento de máxima vulnerabilidad, pero al mismo tiempo de total indefensión, y el trato que se recibe es invasivo.

Puesto que el parto es un acontecimiento con una fuerte implicación de las emociones, el trato que recibe la madre condiciona totalmente el progreso del nacimiento de su bebé. Y las hormonas del estrés son incompatibles con el estado hormonal/emocional propio del parto. Cuando una hembra mamífera se siente amenazada, el parto se detiene. En la mujer, también.

La postura “tumbada” o la sumisión
Mucha gente piensa que la atención al parto deshumaniza el nacimiento, pero que, a cambio, se recibe una asistencia técnicamente superior a la tradicional. Un simple análisis demuestra que no es así. Actualmente, la obstetricia convencional dirige más su energía a resolver los problemas que ella misma produce que a facilitar los nacimientos. Según admite la OMS, no más de un 10 por ciento de las prácticas de rutina en la sala de parto están científicamente justificadas.

Quizá el ejemplo más paradigmático de la actual asistencia al parto es la postura de parto (tumbada sobre la espalda, los pies de los estribos), una postura desconocida en la Historia hasta que la medicina empezó a controlar los partos. Comprender la irracionalidad, las consecuencias y el alcance de esta práctica obligatoria hace que se caiga como un castillo de naipes todo el esquema técnico de la atención al parto actual.

Efectos de la postura tumbada:
En horizontal, el canal del parto se alarga y estrecha y el coxis se dirige hacia lo alto, convirtiéndose en una vía de paso más angosta para el bebé, y además cuesta arriba.

En vertical, la presión de la cabeza del feto sobre el cuello del útero ejerce un efecto hormonal que estimula la dilatación. En posición horizontal esa estimulación disminuye, por lo que el tiempo de dilatación se alarga. Las hormonas naturales se sustituyen con la oxitocina sintética, que produce contracciones más seguidas y dolorosas, más penosas para la madre, y más traumáticas para el bebé. La lista de contraindicaciones y efectos secundarios de la oxitocina obliga a preguntarse por qué se utiliza tan alegremente.
En lugar de rotar sobre su cabeza en posición vertical, con una mínima superficie de frotación y ayudado por la fuerza de la gravedad y los movimientos de su madre, el bebé debe arrastrarse contra una superficie de gran frotación.

En posición horizontal, el peso del útero presiona los vasos sanguíneos que suministran sangre a la placenta y al feto, disminuyendo el aporte de sangre al útero, que el monitor reflejará indicando sufrimiento fetal. Por ese motivo, el uso indiscriminado y sistemático de la monitorización fetal siempre aumenta las tasas de cesáreas, sin que por ello mejoren los índices de salud.
A esto se añade una dolorosa realidad, y es que la mujer tumbada, en esa humillante y vulnerable posición, deja de ser protagonista de un acontecimiento hermoso y sagrado, para convertirse en “objeto” de la actividad de otras personas… que deciden todo por ella, incluso cortar su órgano sexual, innecesariamente expuesto y vulnerable.
El estado de alienación de una mujer en esta situación es indescriptible, y poco compatible con el estado emocional y físico de “dejarse fluir”, imprescindible para un parto espontáneo. El Dr. Wagner señala que la episiotomía no justificada (por sobre el 10-20 por ciento son injustificadas) son una auténtica mutilación sexual.

Los efectos de esta antifisiológica postura, junto al trato represivo que recibe la mujer, son el pasaporte que justifica toda la batería de procedimientos que posteriormente se aplican. Difícilmente pueden reducirse al mínimo las tasas de cesáreas o de episiotomías sin que se revisen de una forma global la totalidad de las prácticas que las favorecen, empezando por la postura.

Es, desde el punto de vista técnico, la armazón de un sistema basado en el absurdo, que pone de manifiesto que el espíritu que anima la obstetricia es más el de doblegar a la naturaleza que el de facilitar el proceso.

Obtenido de la web:

http://www.paraelbebe.net/embarazo/2007/06/las-mamiferas-maltratadas/#more-690

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