La crianza caprichosa (II)

Aqui la segunda parte del artículo “La Crianza caprichosa” de Mireia Long en Bebés y Más

 

Hemos hablado sobre las diferencias entre la crianza respetuosa, respetuosa con el niño pero también con el entorno, y uno de sus contrarios, la crianza caprichosa, que realmente no demuestra respeto por las necesidades del niño, pues el niño necesita aprender el respeto hacia los demás con ejemplo y una guia segura y confiable, amorosa, por supuesto, empática, pero también segura.

Educar, entonces, es la manera en la que los padres preparamos a nuestro hijo para ser una persona completa, que se respete y se ame a si mismo, pero que también pueda ser capaz de entender a los demás, dejarles su espacio, sus derechos y reconocerlos como iguales.

El respeto, como decía antes, no es unidireccional, el respeto es algo que engloba al niño y su entorno.

Los padres debemos defender, por supuesto, los derechos de nuestro hijo para que sea tratado con el respeto que merece todo ser humano. No tiene menos derechos por ser niño y nadie puede agredirle física, verbal o emocionalmente. Pero tampoco podemos permitir que él lo haga.

Los derechos de los otros

Debemos conducirlo, educarlo en lo emocional, darle pautas, fórmulas para reconocer sus sentimientos negativos y canalizar su agresividad, pero no dejarle pensar que él está por encima de los demás. Si hacemos eso no estamos respetando al niño realmente, pues el niño necesita crecer respetando también a los demás y entendiendo que tanto derecho tiene él a exigir sus derechos como los demás a que se les reconozcan.

Ser respetuoso no es ser indulgente

Unos padres indulgentes, que no enseñan a su hijo a conducir sus deseos no necesarios o sus emociones negativas, no le están haciendo ningún favor, incluso si lo hacen con las mejores intenciones o movidos por traumas propios por una infancia desgraciada. Ser respetuoso no es ser indulgente.

Es más, a estos padres les suele suceder que sus hijos, contrariamente a lo que esperaban, no los respetan, no confian en ellos, no les creen cuando les hablan. La realidad es que si no damos una contención coherente el niño no nos verá como un modelo o una figura que les da seguridad.

Autoridad

La autoridad, esa palabra que tantos temen y que otros enarbolan como bandera ante el descontrol de la juventud, es algo muy importante para el crecimiento emocional de las personas. La autoridad no se tiene por las buenas, no se ha ganado por engendrar un hijo o sostenerlo materialmente.

No, ser padres no nos da autoridad, pero la autoridad es necesaria. La cuestión es entender que nuestra autoridad como padres no es algo que se nos regala tras inscribir un hijo, la autoridad es algo moral, intangible, que se construye con respeto hacia la verdadera necesidad natural del niño y también hacia los demás y nosotros mismos.

Un ejemplo

Pongamos un ejemplo. Los ejemplos son muy buenos para entender los casos prácticos. Pensemos en unos padres respetuosos con sus hijos. Ellos, digamos, creen que hay que cuidar la alimentación de sus hijos y no les dan alimentos no sanos. Nada de azúcar, ni de bollos industriales, ni de chucherías, ni helados, e incluso tienen bastante prevención ante alimentos que no sean de cultivo orgánico. Hasta aqui, todo es respetable. Casi diría que envidiable, pues sin duda debemos cuidar de la salud física de nuestros hijos y cuidar que tengan una alimentación lo más sana posible.

Pero, si el niño está viviendo en un entorno donde esos alimentos son habituales y los desea profundamente, hasta el punto de perder el control emocional si se le prohibe tomarlos, habremos llegado a un conflicto.

Un niño puede entender la necesidad de una alimentación sana a partir de una edad muy temprana, pero tampoco podemos ejercer un control absoluto sobre esto ya que termina siendo contraproducente.

Depende, claro está, del niño y de los padres, pero cuando existe una intensa emoción no resuelta hacia ese tipo de alimentos prohibidos en su casa, deberíamos replantearnos si nuestra propia ideología puede estar privando al niño de una experiencia necesaria, al experiencia de la realidad.

Además, si encima, ante un berrinche, cedemos o distraemos al niño con otro capricho de índole material o afectivo, comprándolo en cierto sentido, no estaremos atendiendo ni a la necesidad que el niño expresa con su berrinche ni a la realidad de una educación insertada en la sociedad en la que vivimos. ¿Debemos ceder y dejarle comer cosas “prohibidas”? Eso lo debe decidir cada familia, pero dejando que el niño aprenda que los demás merecen respeto si no piensan como sus padres.

Pues quizá lo más significativo no es la chuchería, sino la actitud de los padres ante quienes opten, por la razón que sea, por dar a sus hijos alimentos o experiencias que ellos juzgan indeseables.

Damos respeto enseñando que respetamos, no solo respetando al niño

Respeto. Respeto. El respeto es la clave. Si los padres transmiten excesiva obsesión por esta u otra cuestión ideológica, encasillando a quienes piensan diferente como inferiores o les dedican comentarios despectivos, toda la educación respetuosa se desmorona. Damos una educación respetuosa enseñando que respetamos, no solamente respetando al niño.

Por supuesto, respetaremos al niño como persona, no usaremos la agresión o la amenaza como elementos educativos, pero también enseñaremos que el respeto es algo que merecen todos los que nos rodean, con la clara y tajante diferencia entre que es respetable otro modo de pensar pero no es respetable la violencia. Más allá de eso, hay que respetar la diferencia.

Y es que el respeto es algo que trasciende al niño, sin por ello disminuir su derecho a ser respetado. El respeto es hacia los que piensan diferente a nosotros. Si no respetamos a los demás, el mensaje que transmitiremos a nuestro hijo no es que el respeto es algo merecido, sino que solo lo merecen él o quienes su padres le indiquen.

Y como es el ejemplo lo que los niños asimilan más que ninguna charla o disgresión, entenderá que sus padres no son modelos en lo que es el respeto, y puede que se vuelvan hacia otros buscando esos modelos coherentes para crecer en con normas de comportamiento entendibles. Lo otro no es respeto, es crianza caprichosa, y no hay que confundirla con el educar con respeto y para el respeto.

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Un pensamiento en “La crianza caprichosa (II)

  1. En principio este artículo me parecía muy interesante, pero según lo he ido leyendo me a chirriado cada vez más. Me parece que maneja conceptos un poco confusos, y ya me he perdido del todo en el ejemplo, que creo que no tiene nada que ver con lo que estaba hablando y que además, en sí mismo, me parece de lo más confuso. No sé si la autora se ha planteado que en lugar de “ceder” puede llegar a acuerdos con su hijo. Todo el artículo es un poco así. Por supuesto que hay que enseñarle a tus hijos que hay que respetar a los demás, y por supuesto que hay que enseñarlo con el ejemplo, pero hay un trasfondo de enfrentamiento que no comparto.

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